Esa imagen emocionó porque habló de algo mucho más profundo que el fútbol. Habló de memoria, de soberanía y de pertenencia. Habló de los que combatieron, de los que volvieron y de los que quedaron para siempre en nuestras islas. También nos recordó que la Patria se defiende todos los días, incluso cuando se apagan las luces del estadio.

Por eso resulta imposible separar esa emoción de lo que ocurre en el Congreso. Mientras millones de argentinos levantamos la bandera, avanzan proyectos que buscan flexibilizar los límites para la compra de tierras rurales por parte de extranjeros. El tratamiento puede demorarse, pero la intención sigue en pie: convertir nuestro territorio en una mercancía disponible para quien tenga más dinero.

La Argentina ya tiene millones de hectáreas en manos extranjeras. Muchas están ubicadas en zonas con agua, minerales, bosques, pasos fronterizos y recursos estratégicos. El proyecto presentado en Diputados propone modificar la ley vigente sobre la adquisición de tierras por personas o empresas extranjeras. El debate también pasó por el Senado y fue postergado, pero el riesgo permanece.

Nadie puede venir con sus billones y comprar la Argentina por partes. La tierra no es un activo financiero cualquiera. Es agua, alimento, producción, energía, trabajo y futuro. Cuando un país pierde el control de su territorio, también pierde capacidad para decidir qué produce, cómo se desarrolla y para quién utiliza sus recursos.

Nos hablan de inversiones como si cualquier ingreso de capital fuera beneficioso. Invertir significa producir, generar empleo, incorporar tecnología y dejar riqueza en el país. Comprar miles de hectáreas para controlar recursos estratégicos tiene otro nombre: extranjerización.

Desde las PYMES sabemos que la soberanía también se construye produciendo. Cada fábrica que trabaja, cada empresa nacional que crece y cada puesto de trabajo argentino fortalecen al país. El modelo que entrega la tierra y destruye la industria conduce al mismo lugar: una Argentina dependiente, exportadora de materias primas y sin capacidad para decidir su destino.

Las Malvinas son argentinas. También lo son la Patagonia, la cordillera, nuestros ríos, nuestros campos y cada recurso que pertenece a las generaciones presentes y futuras. La soberanía no puede aparecer solamente durante un Mundial. Tiene que orientar las decisiones económicas, productivas y políticas de todos los días.

Nuestros jugadores levantaron una bandera frente al mundo. Ahora nos toca levantarla a nosotros.

La Patria se produce, se defiende y se hereda. No se vende.